MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Y quieres decir que yo soy inmoral porque tengo filosofÃa? —preguntó con agrio tono don Fidel—. Yo conozco el mundo más que tú. Que lo diga tú mismo hermano. Don Dámaso, que era inclinado a tejer, valiéndonos de la expresión chilena, no sólo en polÃtica, sino en todos casos, dijo:
—Es cierto que muchos cometen esta clase de faltas. Yo no lo niego.
—¿No ves, no ves? —dijo don Fidel a su mujer—. Cuando yo digo que conozco el mundo, es porque estoy seguro de ello. Lo de Rafael es un pecadillo insignificante, y luego se echará en olvido.
—No sé qué lo olvide tan pronto Matilde —contestó doña Francisca.
—Lo olvidará, ¿que no conozco yo a las mujeres? Dentro de dos dÃas ni se acuerda de tal cosa.
—Lo veremos —dijo doña Francisca.
—Lo verás. Yo no me equivoco.
Mientras don Fidel buscaba una caja de fósforos para encender un cigarro, don Dámaso se acercó a su hermana.
—Lo que yo te aseguro —le dijo— es que ese muchacho no es bueno.
—Y Matilde no lo perdonará —respondió doña Francisca.