MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Mejor, hija, tanto mejor. Ese hombre no puede hacerla feliz. En tu lugar yo me opondrÃa ahora al casamiento.
—Pero tú debes ayudarme también —le dijo doña Francisca.
—¡Oh!, cuenta conmigo —exclamó don Dámaso.
Volvió don Fidel a donde ellos estaban, y poco rato después don Dámaso hizo llamar a Leonor y se despidió con ella de su hermana y de su cuñado.
En la noche refirió Leonor a MartÃn el suceso de casa de don Fidel.
—La pobre Matilde —le dijo— es muy desgraciada, y empiezo a creer que usted tiene fundamento para practicar su teorÃa de la absoluta indiferencia.
—Desgraciadamente —dijo Rivas—, no siempre puede uno ser dueño de su corazón, y esa teorÃa se queda casi siempre como tal, sin poderse practicar.
—¿Ah? Usted ha cambiado ya —exclamó Leonor—; mucho poder tiene entonces la señorita Edelmira.
—No es ella, señorita —replicó MartÃn—, la que ha echado por tierra mi propósito. Leonor no quiso proseguir la conversación, porque la sinceridad con que MartÃn habÃa hablado destruÃa la sospecha concebida en casa de Matilde.
Al verla abandonar su asiento, las esperanzas que la conversación de la tarde le habÃan dado abandonaron a MartÃn.