MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Con la convicción que llevaba de que serÃa imposible, a menos de una violencia, llevar a cabo el matrimonio, roto de tan extraño y repentino modo, se encaminó a casa de don Dámaso, felicitándose de la previsora idea que acababa de nacer en su espÃritu y que era preciso principiar a poner en planta.
«Asegurar el arriendo y casar a Matilde con AgustÃn —pensaba en el camino— serÃa un golpe maestro».
Entró al salón y llamó aparte a don Dámaso.
—Lo que dije hoy delante de mi mujer no es lo que yo pienso —le dijo—, pero es preciso hablar asÃ, porque de otro modo se valdrÃan de eso para meterme en un cuento; a mi pesar y por dar gusto a Matilde, que se habÃa encaprichado, contraje compromiso con don Pedro San Luis; pero ahora todo ha cambiado.
—¿Cómo? —preguntó don Dámaso.
Refirióle don Fidel lo de la carta de Matilde y la resolución que su hija manifestaba. —¡MagnÃfico!— exclamó don Dámaso.
—Todo mi deseo es que sea mujer de AgustÃn —dijo don Fidel—, pero como no querÃa contrariarla…
—Puesto que ella misma desiste, la cosa es diferente.
—Es lo que yo pienso; pero será preciso dejar que pasen algunos dÃas.
—Ah, por supuesto.