MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —A mà me gusta la formalidad en los negocios —repuso don Fidel—, y por eso es que cuando yo contraigo un compromiso no falto a él ni por la pasión.
—Yo tampoco olvidaré los mÃos —dijo don Pedro.
Estas palabras dieron a don Fidel un indecible bienestar, después de la inquietud en que la carta de Matilde le habÃa puesto. Pensó que ellas encerraban la formal promesa de llevar adelante lo del arriendo, a pesar de lo acontecido, y miró todo lo demás como secundario.
Después de arrancar, por medio de protestas enérgicas contra la falta de formalidad en los negocios, nuevas promesas referentes al Roble, salió don Fidel de la casa y regresó a la suya, con intención de interponer su autoridad, a fin de asegurar mejor el arriendo por medio de una retractación de Matilde de la carta que él acababa de leer.
Pero Matilde, como vimos, habÃa cobrado energÃa en su propio abatimiento, y, aunque con lágrimas, supo resistir a la imperiosa voz de don Fidel, que salió de nuevo de su casa, consolándose con que el arriendo del Roble estaba casi asegurado.