MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Qué ocurrencia! Vea usted, mi señor don Pedro, lo que son los enamorados: como el vidrio, por todo se trizan.
Don Pedro tomó la carta de manos de don Fidel y la leyó.
—La carta es seria —dijo.
—No conoce usted a las niñas, mi señor don Pedro —replicó don Fidel—. ¿No ve usted que está claro que quiere que la rueguen? Que venga Rafael conmigo no más, verá. —Yo no iré, señor— dijo San Luis; —esa carta, que al parecer ha escrito Matilde sin anuencia de usted, me dice bien claro que todo está concluido.
—No puede ser, yo lo arreglaré todo. ¡Hacerle caso a una muchacha deschavetada! Estoy seguro que a esta hora está arrepentida de haber escrito.
—Doy a usted las gracias por su interés —dÃjole Rafael—, pero le suplico que deje a Matilde en completa libertad. Si ella siente haberme escrito esta carta, lo dirá, porque sabe que yo volarÃa a ponerme a sus pies.
—Lo que yo quiero —dijo don Fidel, consecuente con su idea del arriendo— es que ustedes sean testigos de mis esfuerzos y buena voluntad.
—¡Oh!, nada tenemos que decir de usted —exclamó don Pedro.