MartÃn Rivas
MartÃn Rivas 46
Con grande impaciencia esperó MartÃn la venida del dÃa siguiente. Su inquietud por la suerte de Rafael le quitó el sueño de aquella noche. A esa inquietud mezclábase también el desconsuelo en que le vimos quedar después de su última conversación con Leonor. Y esas dos preocupaciones se dividieron durante largas horas el dominio de su espÃritu, hasta que rendido por el sueño se quedó dormido poco antes de rayar el alba. Sin embargo de su largo insomnio, abandonó el lecho a las siete de la mañana y empleó como de costumbre dos horas en sus estudios.
A las nueve fue a casa de Rafael.
Las habitaciones de éste estaban cerradas, y golpeó a una puerta que daba al interior de la casa, ocupada por doña Clara, la tÃa de Rafael.
A los golpes se presentó la señora, que pocos momentos antes habÃa llegado de la iglesia.
—¿Rafael ha salido tan temprano? —preguntó MartÃn, después de saludar a doña Clara.
—¿Que no sabe lo que pasa? —contestó la señora, juntando las manos con aire consternado—. ¡Rafael se nos ha ido!
—¿Adónde? —preguntó con ansiedad el joven.
—A la Recoleta Franciscana —respondió la señora con un ademán en el que al través de la pesadumbre se notaba alguna satisfacción.