MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡A la Recoleta! —repitió MartÃn—. ¿Cuándo?
—Esta mañana muy temprano.
—¿Y por qué ha tomado tan violenta determinación?
—¿Entonces usted no sabe nada?
—Supe ayer lo ocurrido en casa de don Fidel ElÃas.
—Bueno, pues; después de eso Rafael recibió una carta de la niña; le decÃa que no pensase más en ella y qué sé yo qué más. ¡Pobrecito! ¡Si usted le hubiese visto! Lloró anoche como un niño chico. ¡Qué llorar, por Dios! ¡Me partÃa el alma!
—¡Pobre Rafael! —dijo Rivas con verdadero pesar.
—El pobrecito me lo contó todo anoche. ¡Jesús, hijito, cómo viven los jóvenes ahora! Por eso, vea, no he sentido tanto que se haya ido a la Recoleta. Si es preciso reconciliarse con Dios. ¡Cómo querer ser feliz también y vivir de ese modo!
La sencilla piedad de la señora impresionó el corazón noble de MartÃn; pero quiso defender a su amigo.
—Usted sabe cómo pensaba él ahora y lo arrepentido que vivÃa de su falta.
—Asà es, hijito; pobre Rafael —dijo la señora, en cuyos ojos asomaron las lágrimas—. Hoy iré a verle —dijo MartÃn levantándose de su asiento.