MartÃn Rivas
MartÃn Rivas »Cuando mañana vengas a buscarme, te explicará mi tÃa la resolución que he tomado. Es de noche, y en el silencio puedo meditar mejor sobre el terrible suceso de este dÃa. ¡La he perdido! ¿Te pintaré mi dolor? No podrÃa hacerlo. Recordarás que un dÃa, leyendo la vida de MartÃn Lutero, le juzgué pusilánime porque el terror que le causó la muerte de un amigo, a quien hirió un rayo al lado suyo, le hizo entrarse de fraile. Ese juicio era la vana jactancia de la juventud que hablaba por mi boca. Tú, que le absolvÃas, comprenderás el trastorno de mi espÃritu al recibir el golpe que me anonada. ¡Es un rayo del cielo! Me ha venido a herir en mi amor, en medio del corazón, quemando hasta las raÃces de la esperanza, el último de los bienes efÃmeros con que el hombre atraviesa la vida. Sólo una vez, al lado del cadáver de mi padre, que expiró en mis brazos, he sentido en el alma un hielo como siento ahora: es la conciencia del abandono en que quedo; de la orfandad eterna de un corazón sin amor, que sólo con amor se sustentaba, de que nada en el mundo podrá ya consolarme.
»Sólo tres lÃneas, MartÃn, son las de su carta, pero tres lÃneas que han corrido como lava ardiente por mi pecho, devastándolo todo menos mi amor inmenso. En pocas