Martín Rivas

Martín Rivas

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»Pero no creas que, llevado de la impresión de tan tremendo pesar, voy a consagrar mi vida a la penitencia, atándome a un claustro con votos indisolubles. Quiero buscar la calma en el silencio; quiero con ejemplos de virtud fortalecerme; quiero ver si es posible borrar su imagen querida de mi pecho; si es posible llorarla como si ella hubiese dejado de existir. Después, cuando el tiempo haya tranquilizado mi ánimo y convertido en llevadera melancolía el atroz dolor que me desgarra, ¡quién sabe lo que haré! He vivido tanto en mi amor, que, por lo demás, apenas me conozco; por esto ni aún puedo prever mi resolución.

»No creas tampoco que he dejado de pensar en Adelaida. Ni a ella ni a su madre puedo culpar de mi desgracia; las perdono, y ojalá ellas lo hagan conmigo. Podría, bien lo sé, reparar a los ojos del mundo mi falta y devolverle su honra, que he mancillado; pero, tú no lo ignoras, Martín: no la amo. Sería una unión monstruosa que no podría tener otro término que un suicidio, y eso también la haría desgraciada. Conozco que podría darle mi vida, pero no la felicidad. En fin, esto tal vez puede pensarse más despacio.




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