MartÃn Rivas
MartÃn Rivas »Mucho me ha consolado su amable carta, y le doy por ella las gracias. Usted es mi único confidente, porque los de mi familia no me prestarÃan ahora ningún apoyo contra lo que me amenaza, de modo que al ofrecerme usted su amistad, ahora que estoy triste y sin amigos ni hermanos con quienes poder contar, me hace usted un gran servicio. Más se lo habrÃa agradecido si me hubiese dado el consejo que en mi otra carta le pedÃa. Repasando en la memoria lo que le dije, para ver por qué no me da usted ese consejo que tanto necesito, veo que debo ser más franca con usted, y como usted es mi amigo, se lo diré todo. Mi repugnancia por el casamiento a que quiere obligarme mi madre no es sólo porque no tengo cariño ninguno por Ricardo, sino por otra razón, además, que me cuesta decÃrsela a usted sobre todo, y es que mi corazón no está libre y no podrÃa nunca ser dichosa sino con el que amo con toda mi alma. Ya con esto podrá usted, MartÃn, aconsejarme, porque el tiempo se va pasando y a cada momento me encuentro más triste con esto y menos me conformo con tener que casarme con quien no quiero.
»Dispénseme si le incomodo, pero no tengo más amigo que usted, y nunca lo olvidará su afectÃsima,
»EDELMIRA MOLINA».
«¡Pobre muchacha!», se dijo Rivas, tomando papel para contestar a su carta.