MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Se puede salir de buena hora sin ir por esto a robarse las muchachas —contestó AgustÃn, aprovechando la ocasión de burlarse del que le habÃa hecho sufrir, poco tiempo hacÃa, los padecimientos del fingido casamiento.
—No venimos aquà para que usted se rÃa —le dijo Ricardo Castaños amostazado.
—Digo lo que pienso —repuso AgustÃn—, y si es cierto que Rivas les ha quitado la niña, lo mejor será que ustedes la busquen por otra parte.
Don Dámaso interpuso su autoridad y declaró que si MartÃn tenÃa parte en aquella fuga, se harÃa justicia por el honor de la casa.
Con esto se retiraron Amador y el oficial.
—Papá, éstos quieren sacarle plata —dijo AgustÃn.
—Sea lo que quiera —contestó don Dámaso—, el hecho es que no dejan de haber motivos para sospechar de MartÃn, y si fuese verdad, yo no permitirÃa que habitase en mi casa un joven que da tan mal ejemplo.
Retiróse AgustÃn, dejando muy satisfecho a su padre de haber manifestado entereza en aquel asunto, y entró al cuarto de Leonor.
—Hermanita —le dijo—, ¿no sabes lo que pasa?
—No.