Martín Rivas

Martín Rivas

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—¿Por qué? ¡El bello asunto! No todas las verdades son para dichas, bella hermanita. Leonor se dejó caer sobre el sofá en que la había encontrado Agustín.

—Observo —añadió éste— que no eres indulgente con ese pobre Martín, que nos ha rendido buenos servicios. Eso no es bueno, hermanita; así no se podrá hacer un proverbio que sería bonito: «El corazón de la mujer es todo generosidad».

—¡Y qué digo yo! —exclamó Leonor impaciente.

—No sé, pero veo que tratas este asunto tan seriosamente…

—Te equivocas, Agustín —repuso la niña, con serenidad bien fingida—. ¡Qué me importa a mí todo esto! Esos servicios de que hablas tú son los que me hacen sentir lo que pasa, porque papá y mamá no pueden mirar esto con indiferencia.

—¡Ah!, así me gusta oírte, hablas como un libro. Te iba a castigar fumando aquí un prensado, pero te perdono.

Y salió Agustín del cuarto de Leonor, encendiendo un gran cigarro puro al entrar en su habitación.

Pocos momentos después llegó Rivas, a quien Agustín llamó como vimos antes.


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