MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Voy a contarte lo que ha pasado —le habÃa dicho, después de cerrar con aire de misterio las dos puertas de su habitación.
—A ver —dijo Rivas sentándose.
—Amador y el amoroso de Edelmira vienen de salir de casa.
—¿SÃ? —preguntó MartÃn, cambiando ligeramente de color.
—Han venido a quejarse a papá de que tú les has robado la niña.
—¡Miserables! —exclamó Rivas entre dientes.
—Lo mismo he dicho yo. Es preciso confesar que la queja es plaisante. Pero te he defendido con calor, por ese lado no te inquietes, y te aseguro que se fueron furiosos. Lo que resta que hacer es quitar toda sospecha a papá.
—¿Y para qué? —preguntó MartÃn con sangre frÃa.
AgustÃn le miró abismado.
—Por ejemplo —exclamó—, es un poco fuerte lo que dices.
—No veo por qué.
—¿No ves por qué? ¡Cáspita! No basta que no sea cierto, es preciso que papá se convenza de tu inocencia.
—Hay un inconveniente para que crea lo que dices.