MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Qué inconveniente?
—Que lo que dice Amador es cierto a medias.
—¡Cierto! ¡Te has llevado a Edelmira!
—La he acompañado.
—¿A dónde?
—A Renca.
AgustÃn se levantó, púsose el sombrero, y haciendo a Rivas un saludo:
—Me inclino ante tu talento —le dijo—. ¡Mira que si yo hubiese hecho otro tanto con Adelaida, no se habrÃan reÃdo de mÃ! Eres un hombre de fuerza, amigo; me inclino, eres mi maestro.
—¿Por qué? —le preguntó MartÃn, riéndose de la cómica gravedad de su amigo—. ¡Cómo! ¿Te parece poco robarse una chica gentil como una flor? Eres difÃcil, amigo mÃo, y muy modesto.
—Yo no la he robado, la he acompañado.
—Lo mismo da Chana que Juana, suele decir papá.
—No me comprendes —replicó MartÃn.
—Demasiado te comprendo, al contrario, ¡feliz mortal!
Explicó Rivas entonces todos los antecedentes, pero sin hablar del amor de Edelmira.
AgustÃn encendió su cigarro, que se habÃa apagado.
—La cosa cambia de aspecto —dijo—. Es decir, que te has sacrificado a la amistad.