MartÃn Rivas
MartÃn Rivas MartÃn le refirió lo mismo que antes de comer habÃa contado a AgustÃn.
—Por mi parte —repuso don Dámaso—, bien se figurará usted que le disculpo; pero ya ve usted lo que es una casa donde hay familia. Aquà la señora es tan rÃgida, hombre, de todo se escandaliza; yo no, y sobre todo…
—Mucho le agradezco, señor, su indulgencia —contestó MartÃn—; mi conciencia está tan tranquila que casi no la necesito. Por lo poco que usted me dice, creo entender que la señora está alarmada, y no seré yo, que tantas atenciones y favores debo a usted, el que destruya la tranquilidad de su familia; comprendo lo que debo hacer, y mañana me permitirá usted dejar su casa para que el ánimo de la señora pueda tranquilizarse.
—¡Hombre, no se trata de eso! —exclamó don Dámaso—. Pero usted comprende mi embarazo, ¿no? La señora dirá que no es cierto, y luego…
—Jamás he dado motivo para que se ponga en duda mi veracidad —dijo el joven con dignidad.
—Por supuesto, y nadie duda… más… hombre, ya conoce usted a la señora y… MartÃn insistió en lo que habÃa dicho, y don Dámaso se enredó en sus propias disculpas, sin decir nada de decisivo.