Martín Rivas

Martín Rivas

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Al ver los semblantes de ambos, se hubiera creído que don Dámaso era el acusado, tal era la dificultad que parecía tener para dar principio al diálogo. Martín, sereno, sin afectación, esperaba que don Dámaso rompiese el silencio. Viendo, al cabo de algún intervalo, que esperaba en vano, y que don Dámaso buscaba mil maneras de disimular su turbación, se decidió a sacarle de aquel apuro.

—He hablado, señor, con Agustín —le dijo—, y sé por él la acusación que me han hecho ante usted.

—¡Ah, ah!, ya sabe usted, pues, hombre, me alegro; figúrese usted que se me presentan esos dos mozos y me dicen lo que usted sabrá; por supuesto que yo no he creído en tal cosa, pero aquí la señora…

—Antes que usted prosiga, señor —díjole Martín en una pausa en que parecía buscar alguna palabra—, debo decirle que esa acusación no es del todo infundada.

—¿Cómo dice? —preguntó don Dámaso, creyendo que había oído mal.

—Digo, señor, que la acusación que usted ha oído contra mí no es enteramente infundada. Tiene algo de cierto, aunque es natural que mis acusadores se equivoquen en mucho.

—Me deja usted perplejo —le dijo don Dámaso.


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