MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Y tú le habÃas creÃdo! —añadió Leonor con expresión de rabia mal contenida—. ¡Vaya!, tienes una facilidad admirable para creerlo todo. A ver, ¿qué habrÃas hecho tú en su lugar? HabrÃas confesado una falta; porque ésa es una falta muy grande, ¡qué importa que la muchacha sea pobre, cuando es virtuosa!
—Todo lo que dices me parece verdadero como el Evangelio, mi bella, y yo no soy más que un inocente; MartÃn me ha hecho comulgar con una rueda de molino.
—Y muy grande.
—Enorme, ¡y yo que me la tragué sin hacer un solo gesto!
AgustÃn se retiró dando exclamaciones y Leonor entró a su cuarto. No querÃa confesarse que estaba furiosa, y para distraerse se puso a probarse un sombrero que habÃa comprado para el campo. Mientras se miraba al espejo, dos grandes lágrimas corrÃan por sus frescas mejillas encendidas por el despecho.
En la noche, viendo don Dámaso que MartÃn no asistÃa al salón, e instigado por su mujer, le mandó llamar, y mientras todos conversaban en esa pieza, se quedó con Rivas en la antesala.