MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Tras de sus padres venÃan Leonor y AgustÃn. Rivas salió el último del comedor y se retiró pronto a su habitación.
—¿Sabes que hay algo de cierto en lo de MartÃn? —dijo AgustÃn a Leonor cuando estuvieron solos.
—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó la niña, que interiormente se lisonjeaba con que MartÃn desbaratarÃa las acusaciones que pesaban sobre él.
—El mismo MartÃn —contestó el elegante.
—¡No ves! ¡Ni se atreve a negarlo! —exclamó Leonor, con una expresión de encono que por sà sola parecÃa hablar de venganza.
—Pero lo ha hecho de puro bueno.
—¿SÃ, no? —dijo la niña con sardónica sonrisa.
—Figúrate que la vieja querÃa casar a esa pobre niña contra su voluntad.
—Y MartÃn, de puro bueno, como tú dices, se declaró su defensor, ¿no es esto? Muy mal inventada me parece la disculpa; ya pasó el tiempo de don Quijote.
—¡Peste, hermanita! —exclamó AgustÃn, que habÃa heredado de su padre la facilidad para cambiar de opinión en cualquier asunto—, ¿sabes que me das qué pensar? Bien puedes tener razón.