Martín Rivas

Martín Rivas

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Y se engolfó en una descripción del lago de Enghien, del parque de Saint-Cloud y de varios puntos de los alrededores de París. Como los demás se encontraban poco dispuestos a interrumpirle, pudo continuar su disertación durante casi toda la comida, lanzando un nutrido fuego de galicismos y frases afrancesadas, con las que creía dar el colorido local a su descripción.

—Allí sí que puede uno divertirse —exclamó con entusiasmo al terminar—, y no aquí, donde los environes de Santiago son tan feos, sin parques, sin castillos y sin nada. La comida concluyó sin que Leonor hubiese parecido notar la presencia de Martín en la mesa.

Al salir, doña Engracia dijo a su marido:

—Espero, pues, hijo, que hables con Martín, porque esto no puede quedarse así.

—Hay tiempo, hablaré esta noche —contestó don Dámaso, que, teniendo grandes miramientos por su digestión, se prevalía de este pretexto para no tener una seria explicación con Rivas acerca del asunto de Edelmira.

—Bueno, pues, pero no dejes de hacerlo; esta casa no es para escándalos —repuso doña Engracia, dando un apretón a Diamela, como para hacerla testigo de su recato.

La perrita contestó con un gruñido, y se retiraron de la antesala a que habían llegado.


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