MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Señorita —le dijo con segura voz—, deseo hablar con usted.
—¡Conmigo! —exclamó Leonor, en cuyo acento se notó, pero apenas, un ligero temblor—. ¿No habló usted ya con mi papá? —añadió, dando a su rostro la majestuosa arrogancia que tanto intimidaba a MartÃn.
—Por lo mismo que he hablado con él —replicó éste—, deseo ahora que usted me haga el favor de oÃrme.
—De veras que el tono en que usted me habla me asusta —dÃjole la joven, aparentando una admiración llena de indiferencia a la par que de desprecio.
—Tal vez estoy afectado, dispénseme usted; lo que me sucede ahora es tan trascendental para mi porvenir, que no es extraño me impresione.
—¿Qué le sucede? —preguntó Leonor, con una sonrisa que contrastaba con la seriedad del joven.
—Usted lo sabe, señorita.
—¡Ah, lo de la señorita Edelmira! No lo he creÃdo.
—AgustÃn debe haberle dicho la verdad que me oyó hace poco.
—SÃ, AgustÃn me refirió algo de un servicio que usted habÃa querido hacer a esa señorita. Una mala disculpa, ¡invención de AgustÃn, al cabo!
—Señorita, eso que usted llama disculpa es la verdad.