MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿De veras? Dispénseme, creÃa que era una historia inventada por AgustÃn para hacerme reÃr.
—¿Cree usted entonces que no haya hombre capaz de hacer un servicio como ése? —De todos modos, ya hay uno, y ése es usted, porque ahora que usted lo dice, debo creerlo.
—Me habla usted con un tono que desmiente sus palabras.
—¿Cree usted que me estoy tomando el trabajo de fingir? —le dijo Leonor, levantando con orgullo su bellÃsima frente.
—No creo que usted tenga necesidad de tomarse ése ni ningún otro trabajo conmigo —contestóle Rivas con entera dignidad—, pero querrÃa divisar más seriedad en sus palabras, porque aprecio su juicio y la opinión que usted pueda tener de mÃ. —Teniendo en tal aprecio mi opinión, debió usted haberme consultado para su rapto o su fuga, llámelo usted como quiera, y yo tal vez habrÃa ingeniado un plan menos fácil de adivinar que el suyo.
HabÃa tanto sarcasmo en la voz de Leonor, que MartÃn sintió los colores subÃrsele a las mejillas.