Martín Rivas

Martín Rivas

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—Usted es cruel conmigo, señorita —le dijo con cierta aspereza—, me humilla demasiado. Si, como su mamá, cree usted que haciendo un servicio, que volvería a hacer si fuere preciso, he faltado a los miramientos que debo a la familia, ya que vengo a justificarme, podía usted emplear más indulgencia.

Estas palabras produjeron alguna impresión en el ánimo de Leonor, que había contado con que Rivas se defendería por medio de triviales descargos.

El joven continuó:

—Su mamá se ha limitado a darme a entender, por medio del señor don Dámaso, que debo salir de su casa. Cierto que no necesitaba de esta insinuación para hacerlo; me habría bastado haber incurrido en el desagrado de usted. Mas, como mi resolución está hecha ya sobre esto, no he querido alejarme sin referir a usted la verdad del hecho y justificarme en su opinión. Ahora usted me recibe con sarcasmos. ¿Por qué no me deja usted llevar la idea que siempre he tenido de su corazón? Me será más consolador recordarla con agradecimiento que con pesar, porque de todos modos tendré que recordarla siempre.

Leonor le miró conmovida; la melancólica voz del joven la impresionaba a su pesar. —Mi papá se habrá explicado mal— le dijo con voz en que se traslucía más timidez que orgullo.


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