MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —No sé, ni lo averiguaré ya —repuso MartÃn—. Mi deseo principal es el justificarme a los ojos de usted.
—Ha hecho usted muy bien —le dijo ella—, esa niña era su amada y fue muy justo que usted la sirviese.
No pudo saber MartÃn si esas palabras eran o no sinceras, y vio que Leonor parecÃa dar con ellas por terminada la conversación.
—Tal vez algún dÃa —le dijo— el tiempo me justifique.
—Y lo que deja usted al tiempo, ¿no puede hacerlo usted hoy mismo? —Preguntóle Leonor mirándole fijamente.
—No puedo, señorita, tengo un secreto ajeno que respetar.
Todas sus sospechas acudieron entonces al espÃritu de la niña, y creyó que aquélla era sólo una farsa bien representada por MartÃn.
—Secreto siempre de la amiga, ¿no es esto? Qué hacer, esperaremos la justificación del tiempo.
HabÃa vuelto el sarcasmo a su voz, y el orgullo brillaba en su mirada.
—Yo me lisonjeaba con la idea de que usted me creerÃa bajo mi palabra —le dijo.
—Asà lo haré —contestó ella secamente.