MartÃn Rivas
MartÃn Rivas «¿Cómo insistir? ¡Ella me desprecia!», fue lo que pensó MartÃn al oÃr aquella respuesta.
Además, Leonor, como para cortar la conversación, dirigió la palabra a Matilde, que en aquel momento hablaba con AgustÃn.
Hubiera querido arrojarse a los pies de Leonor y expirar allÃ, pidiendo al cielo que le justificase sin necesidad de tener que manchar su honor, sirviéndose de las cartas de Edelmira, que podÃan salvarle en parte.
Entretanto, Leonor seguÃa hablando con Matilde, y Rivas tuvo que decidirse a dejar su asiento.
Salió del salón, y al encontrarse solo en su cuarto se dejó caer sobre una silla llorando como un niño. Al cabo de un cuarto de hora recordó la carta de Edelmira, que sacó del bolsillo.
—¡Pobre niña! —dijo, volviendo a la comparación que siempre hacÃa entre su suerte y la de ella.
Al mismo tiempo recordó también que poco antes habÃa pensado que las cartas de Edelmira podrÃan desvanecer las sospechas de Leonor, y sacándolas todas de un cajón de la mesa en que se habÃa apoyado, las quemó a la luz de la vela, junto con la que habÃa recibido aquel dÃa.
Al verlas consumirse sintió una dulce satisfacción en su pecho, diciéndose: «Asà me hallaré libre de tentaciones».