MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Te lo puedes figurar —contestó Rivas—; pasado el placer de abrazar a mi madre y a mi hermana, todo lo demás fue tristeza.
—¿No la has olvidado?
—¡Ni un instante!
—Pobre MartÃn —dijo San Luis tomándole las manos—, ¿recuerdas mis pronósticos cuando recién nos conocimos?
—Mucho, pero entonces ya era tarde.
—¿Recibiste allá una carta mÃa?
—SÃ, y supuse por ella que habrÃas a la fecha terminado tu vida de anacoreta.
—En esa carta te hablé de una ocupación que pensaba tomar.
—SÃ, ¿cuál es?
—Una nueva querida —dijo San Luis con una sonrisa melancólica.
—¿Por la que has olvidado a Matilde? —preguntó Rivas.
San Luis se acercó a su amigo.
—Mira —le dijo mostrándole su negro cabello—, ¿no ves algunas canas?
—Es cierto.
Rafael exhaló un prolongado suspiro, pero sin afectación ninguna de sentimentalismo.
—Mi nueva querida —dijo— es la polÃtica.