MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Ah!, recuerdo que cuando te conocà te ocupabas mucho de ella.
—Nos hemos vuelto a encontrar; he aquà cómo: pocos dÃas después que te escribà al norte, recibà una carta de dos amigos con quienes me habÃa ligado en la Sociedad de la Igualdad. Aquà la tienes —añadió leyendo—: «Esperamos que tu fiebre amorosa se haya calmado; la patria no te engañará, y el momento de probar que no la has olvidado se halla próximo; ¿le dejarás creer que tu corazón es indigno del culto que antes le profesabas? Te esperamos en el lugar que tú conoces».
»Esto —continuó Rafael— acabó de decidirme y vencer la repugnancia con que, a pesar de mi horror por el aislamiento, pensaba en volver a mi antigua vida. Al salir, mi primera visita fue para los que asà me ofrecÃan un nuevo campo, en el que me quedaba la probabilidad, si no de olvidar mis recuerdos, a lo menos de quitarles su punzante amargura. Dos causas, como siempre, presentaban sus combatientes en la arena polÃtica; la vieja y gastada de la resistencia, del exclusivismo y de la fuerza por una parte; la que pide reformas y garantÃas por la otra. Creo que el que sienta en su pecho algo de lo que tantos afectan tener con el nombre de patriotismo, no podÃa vacilar en su elección; yo abracé la última, y estoy dispuesto a sacrificarme por ella.