Martín Rivas

Martín Rivas

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Leonor entreabrió las cortinas de una ventana y miró al patio. Vio allí a una niña, vestida de basquiña y mantón, cuyo rostro juvenil y hermoso sugirió a Leonor esta pregunta: «¿Dónde he visto esta niña?».

El mantón cubría una parte de la frente de la desconocida, y daba de este modo a sus facciones una expresión que muy bien explicaba la dificultad de Leonor para conocerla.

—Pregunta cómo se llama —dijo a la criada.

Desempeñó ésta el encargo y oyó la contestación siguiente:

—Dígale que soy Edelmira Molina, y que necesito mucho hablar a solas con ella. —¡Edelmira!— exclamó Leonor cuando la criada le dijo este nombre.

Pareció reflexionar algunos momentos, y luego, levantando la vista:

—Hazla entrar en mi cuarto —dijo.

Cuando la criada salió de nuevo al patio, Leonor echó una mirada a uno de los espejos del salón en que se hallaba, y, sin pensar tal vez en lo que hacía, arregló sus cabellos divididos en dos largas y gruesas trenzas. Hecho esto, se dirigió a su cuarto, al que también acababa de entrar Edelmira.


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