Martín Rivas

Martín Rivas

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Leonor contestó con ademán de reina al humilde saludo de la que creía su rival. —Señorita —dijo ésta con algún embarazo—, vengo aquí a cumplir con un deber. —Siéntese usted— dijo Leonor, que conoció los esfuerzos que hacía Edelmira para vencer su turbación.

Edelmira tomó la silla que le señalaban y volvió a decir:

—Debo un gran servicio a un joven que vivía en esta casa el año pasado, y como hace pocos días que he sabido la causa por que salió de aquí, sólo ahora he podido venir. Mi hermano —añadió— me ha traído y me espera en la puerta.

—¿Y qué puedo hacer yo en este asunto? —preguntó Leonor con voz seca.

—Yo me he dirigido a usted —repuso Edelmira—, porque no me había atrevido a hablar con su mamá, y veía que de todos modos debía dar este paso para justificar a Martín.

El nombre del joven por quien el corazón de aquellas dos niñas latía resonó durante algunos segundos en la pieza.

—He sabido —prosiguió Edelmira— que aquí han creído que Martín me había sacado de mi casa. Así lo hicieron creer a su padre de usted mi hermano y otro joven que estuvieron con él el mismo día que yo me fui de Santiago a Renca, en donde he vivido hasta ahora.


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