MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Se fue usted sola? —preguntó Leonor con cierta ironÃa mezclada de inquietud.
—No, MartÃn tuvo la generosidad de acompañarme —contestó Edelmira con sencillez—. Por eso creyeron que él tenÃa amores conmigo y me robaba de mi casa. Pero esto no es cierto: yo me fui a Renca porque querÃan que me casase con el joven que ese dÃa vino aquà con mi hermano. MartÃn tuvo la bondad de acompañarme, y sin él serÃa ahora desgraciada.
—Muy generoso y desinteresado ha sido MartÃn, en efecto —dijo Leonor—, puesto que sin que usted le amase se exponÃa de ese modo.
—Yo no he dicho que no le amo —dijo con viveza y energÃa Edelmira.
—¡Ah! —exclamó Leonor, en cuyos ojos brillaron rayos de despecho.
Aquella mirada hizo suspirar a la otra niña, porque con ello le bastaba para convencerse de que MartÃn era correspondido por Leonor.
—No veo, entonces —dijo con altanerÃa Leonor—, lo que tengo que hacer yo en todo esto. Si usted ama a MartÃn, será mejor decÃrselo a él mismo.
—SÃ, señorita, le amo —repuso con humilde pero apasionado acento Edelmira—; pero él no me ama ni me ha amado nunca.