MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —No sé si debo alabar su franqueza más que su modestia —dijo Leonor con voz sarcástica—, y siento que MartÃn no esté aquà para interceder con él en favor de usted.
—No he venido a pedir servicio ninguno —replicó Edelmira con altivez—. He venido a justificar a MartÃn, porque he sido tal vez la causa de su desgracia.
—¡Ah!, ¿es desgraciado?
—SÃ, lo sé por él mismo, me lo ha dicho hace dos dÃas.
—¿Dónde le ha visto usted? —preguntó Leonor, olvidándose de su papel de indiferente.
—Fue a verme a Renca.
—Es mucha fineza —dijo Leonor con amargo tono de burla—. ¡Cómo dice usted que no corresponde a su amor!
—Ha ido porque es noble y me ha prometido su amistad.
—No desmaye usted, de la amistad al amor no hay mucha distancia.
—No, señorita; es sólo un amigo, y tengo pruebas que justifican lo que digo. —¿Pruebas?
—SÃ, tengo pruebas y las traigo, porque, como le dije hace poco rato, mi deber es el de justificar a quien me ha servido con generosidad.
Sacó Edelmira todas las cartas que conservaba de MartÃn y las presentó a Leonor.