MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Que has visto a Matilde? —preguntó el elegante, creyendo que se trataba de su prima, a quien cada dÃa se sentÃa más aficionado.
—No, es otra clase de noticia: MartÃn está en Santiago.
—No ha mucho pensaba en él, ¡tan buen amigo! Me ha hecho falta este tiempo. ¿Dónde vive?
—En casa de San Luis.
—¡Eso es grave!
—¿Por qué?
—Porque, como sabes, soy el sucesor de ese joven en el corazón de la prima.
—No importa, tu deber es ir a buscar a MartÃn.
—¡Cáspita, hermanita!, eres perentoria. ¿Te olvidas cómo ha salido MartÃn de casa? —No, no; la culpa es de papá, que dio importancia a chismes indignos. Por eso nos toca ahora reparar el mal y quitarle el derecho que le hemos dado de creernos ingratos.
—No hablabas asà hace poco, hermanita.
—SÃ, pero ahora he cambiado.
—El rey caballero lo decÃa: souvent femme varÃe. Eso viene en todos los libros franceses, hermanita, y es la verdad.