Martín Rivas

Martín Rivas

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—Señorita —contestó con entusiasmo Edelmira—, ningún sacrificio me sería penoso tratándose de Martín, y no hablo así por el amor que le tengo, porque usted ha visto que con esas cartas no puede quedarme esperanza, sino porque mi reconocimiento es verdadero; así es que sólo cumplo con un deber contando a usted la verdad.

—Yo doy a usted las gracias por la confianza que ha tenido en mí, no sólo por mi parte, sino también por la de mi familia, porque debemos a Martín servicios de importancia, y mi papá se alegrará mucho de ir a verle. ¿Sabe usted dónde vive ahora?

—En casa de un joven San Luis, amigo suyo.

Al despedirse, Leonor acompañó a Edelmira hasta el patio y estrechó su mano con cariño. Estas manifestaciones afectuosas acabaron de convencer a Edelmira de que Rivas era correspondido.

Leonor, después de esto, entró al cuarto de Agustín, a quien encontró en las graves ocupaciones de su tocado.

—Me estoy haciendo la toilette y soy a ti al instante —le dijo el joven.

Al poco rato abrió la puerta y Leonor entró en la pieza.

—Te traigo una buena noticia —dijo ésta.


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