MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —He dicho que no volveré —repuso MartÃn con voz seca.
Reinó nuevamente el silencio, que por segunda vez rompió San Luis, entablando la interrumpida conversación polÃtica. Pero MartÃn no tomó parte en ella con la animación que manifestaba antes de haber visto la tarjeta, con lo cual, viéndole preocupado San Luis, le dio las buenas noches y se retiró.
Fue puntual AgustÃn a la cita del dÃa siguiente, pues a las once de la mañana entraba en el cuarto de Rivas.
Los dos jóvenes se abrazaron con cariño.
—Te vengo a llevar —dijo AgustÃn—, y te traigo finos recuerdos de todos los de casa, desde papá, que desea abrazarte, hasta Diamela, que igualmente aspira a morderte los talones.
—Mi querido AgustÃn —dijo Rivas—, ¡cuánto agradezco a tu familia el cariño que me dispensa! Nunca podré olvidarlo; pero, como ves, me hallo en la absoluta imposibilidad de aceptar tan cordial ofrecimiento.
—Yo pregunto, ¿por qué?
—Porque no me perdonarÃa Rafael que le dejase solo.
—Tu primera casa ha sido la nuestra —repitió AgustÃn.
—Ya lo sé, y conservo por las atenciones que debo a tu familia un profundo agradecimiento.