MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —No la esperaba —respondió éste.
—Pero te alegra.
—No sé.
—Te vendrá a proponer que vuelvas a su casa.
—No lo creo.
—Supón que fuese asÃ, ¿qué harÃas?
—No aceptarÃa la oferta.
—¿Y si te la hacen no sólo en nombre de los padres, sino también en el de la hija? —ContestarÃa lo mismo.
—Haces bien —dijo San Luis, volviendo a su paseo.
—No puedo negar que es una familia a la que debo muchas consideraciones —repuso MartÃn después de breve pausa—. Llegué a Santiago pobre y sin apoyo; ella no sólo me ha dado la hospitalidad que muchos ofrecen a sus parientes cercanos como una limosna; me ha dado más que eso: un lugar en la vida privada de la familia y en el aprecio y distinciones de que me han colmado.
—¿Cuentas por nada tus servicios a don Dámaso y el haber sacado a su hijo del atolladero en que se encontraba?
—HabrÃa podido hacer más aún en servicio de ellos, y no estarÃa por esto libre del reconocimiento que les debo.
—Entonces vuelve a la casa —dijo con áspera voz Rafael.