Martín Rivas
Martín Rivas Rafael, que nada estudiaba, vivía entregado a ocupaciones de las que no daba cuenta ni a su amigo. Sombrío y silencioso a veces, aparentando en otras ocasiones una gran alegría, conversaba en secreto con personas que con frecuencia venían a buscarle, y solía salir de la casa después de llegar con Martín del club secreto que frecuentaban. Algo de misterioso había en su conducta que llamaba la atención de Rivas, pero hasta entonces éste se había abstenido de toda pregunta.
Los nombres de Leonor y Matilde se pronunciaban rara vez entre los dos jóvenes, pareciendo que cada uno de ellos quería ocultar al otro el culto que a su pesar les profesaban en silencio.
Llegaron, como dijimos, a casa de Rafael a las doce de la noche.
Al encender la luz, colocada sobre una mesa, se ofreció a sus ojos una tarjeta que San Luis acercó la vela y pasó después a Rivas.
«Agustín Encina», decía la tarjeta. Y más abajo, escrito con lápiz: «Volverá mañana a las once».
Martín se sentó preocupado, mientras que San Luis encendió un cigarro y empezó a pasearse. El calor con que ambos hablaban al entrar parecía haber desaparecido con la lectura de la tarjeta. Al cabo de algunos minutos, Rafael interrumpió el silencio.
—¿Qué dices de esta visita? —preguntó, parándose delante de Martín.