MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Y quién no te la rinde! —exclamó AgustÃn en el mismo tono—. En casa la opinión es unánime, menos en polÃtica, porque todavÃa no puedo tomar tino a papá; hoy es opositor y mañana ministerial. Conque no te arrestes a esto, vente con toda confianza. Papá dice que te necesita mucho.
Volvió MartÃn a excusarse alegando sus compromisos con San Luis.
—Tendrás que venir a casa en persona a explicarte —le contestó AgustÃn—. ¿Anuncio tu visita?
—Trataré de ir esta noche —dijo Rivas.
Obtenida esta contestación, lanzóse AgustÃn, con su ordinaria locuacidad, en la vÃa de las confidencias, refiriendo sus amores con Matilde y las esperanzas que alimentaba de ser correspondido.
Al cabo de una hora se despidió, dejando a MartÃn entregado a las meditaciones que lo relativo a Leonor le sugerÃa. El recuerdo de las pasadas escenas en casa de la niña, y del voluble carácter con que le habÃa tratado, contenÃa la fuerza con que el deseo de verla habÃa despertado en él gracias a las palabras de AgustÃn.
En estas meditaciones, y sin haber determinado aún nada fijo sobre la visita que habÃa ofrecido para la noche, le encontró Rafael a las cuatro de la tarde.
Rafael parecÃa alegre y animado. Con una sonrisa preguntó a Rivas: