MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Y miras como formales los compromisos que has contraÃdo allà de tener tu brazo a la disposición de una orden que yo te asegure ser de nuestro jefe?
—Los miro como sagrados.
—¿Ni Leonor te harÃa desistir de cumplirlos?
—Ni ella ni nadie.
—Eres el hombre que he creÃdo siempre conocer —dijo San Luis, sentándose frente a su amigo.
—Espero tu noticia, después de tan ceremonioso interrogatorio —le contestó éste.
—Mi noticia es ésta: todo está preparado y mañana estalla la revolución.
Rafael habÃa bajado la voz para decir estas palabras.
—Muy pocos —continuó— poseen este secreto. De nuestro club sólo cuatro lo saben, y entre ellos y yo hemos distribuido los puestos a los demás. Te he reservado para que seas mi segundo si aceptas el combate.
—Has hecho bien —dijo MartÃn con animación.
—Ya ves —repuso San Luis— por qué me oponÃa a tu visita a Leonor. Tengo miedo de su poder y no querrÃa que nuestros amigos te tuviesen por cobarde.
—Tienes razón, no iré a verla.
—Muchos creen que no habrá combate y que la fuerza de lÃnea se plegará en masa a nuestras banderas; yo no lo creo, pero tengo fe en nuestro triunfo.