MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —En esas razones fundo yo mi opinión, y como son reales, digo la verdad: no te atreverás a declararte. Por otra parte, ella es demasiado orgullosa para tenderte la mano y decirte: «He leÃdo, MartÃn, en su corazón, porque el mÃo siente lo mismo». Esto es demasiado hermoso para que pueda realizarse.
—¡Asà es! —exclamó MartÃn dando un suspiro.
—No te queda, pues, más que un camino, y excusará a tus ojos el paso que voy a aconsejarte lo excepcional de la situación en que te encuentras.
—Espero tu idea con impaciencia.
—Mi idea es que le escribas diciéndole que la amas y que tu carta se la entreguen mañana.
MartÃn se quedó pensativo.
—¿Deseas que ella ignore siempre tu amor? —dijo Rafael.
—¡No! —contestó Rivas con calurosa voz.
—Pues entonces nunca tendrás mejor ocasión que ahora para decÃrselo: la proximidad de un peligro disculpa tu osadÃa, y ella, si te ama, dará su perdón con toda su alma. Si, por el contrario, no eres correspondido, nada pierdes puesto que no habrás ido a presentarte en la casa y no podrán acusarte de deslealtad.