MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Vámonos luego, tal vez volveremos victoriosos.
Salieron a la calle, ocultando las armas bajo las capas con que se habÃan cubierto, y caminaron silenciosos hasta la Plaza de Armas, que atravesaron, dirigiéndose de allà a casa de don Dámaso Encina. Al llegar a ésta, San Luis dijo a MartÃn:
—Espérame aquÃ.
Y llegó a la puerta de calle, que golpeó suavemente. El criado abrió al instante. —Entregarás esta carta a la señorita Leonor— le dijo, dándole la carta de MartÃn—. Es necesario que se la des apenas se levante y en sus propias manos. Aquà tienes tu plata —añadió renovando su encargo y haciendo prometer al criado que lo cumplirÃa fielmente.
Llamó en seguida a Rivas y caminaron juntos hasta el tajamar. Allà se dirigió Rafael a una casa vieja, cuya puerta abrió con facilidad, e hizo entrar a Rivas en un patio oscuro, juntando tras él la puerta de calle.
Pocos instantes después empezaron a llegar grupos de dos y de tres hombres, armados con pistolas que ocultaban bajo las mantas o las chaquetas, y a medida que los minutos transcurrÃan, la puerta daba paso a nuevos grupos que fueron llenando el patio.