Martín Rivas

Martín Rivas

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Los dos jóvenes revistaron las armas, se distribuyeron los cartuchos preparados para las pistolas y se ciñeron las espadas, ocultándose su mutua preocupación bajo un exterior risueño y palabras chistosas sobre su improvisada situación de guerreros.

Después de esto, Rafael explicó a Martín lo que sabía del plan de ataque y de los elementos con que contaban para el triunfo. Durante esta conversación, que se prolongó hasta las dos de la mañana, alarmábanse con cada ruido que oían en la calle, permaneciendo a veces largos intervalos en silencio, como si hubiesen querido percibir, en medio de la quietud de la noche, cualquier movimiento de la dormida población.

—La hora de ir a nuestro puesto se acerca —dijo Rafael, mirando el reloj, que apuntaba las tres—. ¿Tienes ahí tu carta?

—Sí —contestó Martín.

—He pagado un peso al criado de don Dámaso para que me espere —añadió San Luis—, prometiéndole ocho al entregarle tu carta.

Salió de la pieza al decir eso y volvió al cabo de pocos momentos; su rostro estaba pálido y conmovido.

—¡Pobre tía! —dijo al entrar—, duerme tranquila.

Arrojó una mirada a sus muebles, testigos de sus alegrías y pesares, y como el que quiere sustraerse al peso de los recuerdos exclamó:


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