Martín Rivas

Martín Rivas

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Martín agregó a esta carta las manifestaciones del agradecimiento que conservaba a la familia de Leonor, y evitó, como en las líneas que preceden, el amanerado romanticismo puesto en boga por las novelas para el estilo amatorio epistolar. Al dirigirse a una niña que en las familiares escenas de la vida íntima no había perdido a sus ojos las proporciones de un ídolo, Rivas no halló otra expresión del profundo amor que dominaba a su alma, ni pudo explayar el fuego de la imaginación exaltada con las frases prestigiosas que bullen en el cerebro de los enamorados. No obstante, después de releer varias veces aquella carta, sintióse como descargado de un gran peso al imaginarse que no moriría sin que Leonor conociese su corazón y le diese a lo menos su aprecio, en cambio del amor que le enviaba como una ofrenda respetuosa.

A las once de la noche entró San Luis en el cuarto.

—Todo marcha perfectamente —le dijo a Martín—, y aquí traigo nuestros arreos de batalla.

Diciendo esto, sacó dos cintos con un par de pistolas cada uno y dos espadas que traía ocultas bajo una capa.

—Aquí tienes —prosiguió, pasando a Rivas un cinto y una espada—, te armo defensor de la patria, en cuyo nombre te entrego estas armas para que combatas por ella.


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