MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Porque no pueden ellos oprimirnos —replicó don Fidel, que tenÃa horror a la chusma.
—Es muy justo que el pueblo recobre sus derechos conculcados —dijo don Dámaso con admirable entonación patriótica, olvidándose que media hora antes no existÃa tal pueblo para él, sino simplemente los rotos.
Mientras asà discurrÃan y tomaban lenguas de lo que acontecÃa, Leonor se hallaba en el cuarto que antes ocupaba Rivas, y a la par que pedÃa a los muebles la historia del ausente, rogaba al cielo por él y estrechaba con pasión la carta que ocultaba en su seno.
Oyéronse en este momento las descargas del combate que se empeñaba en el cuartel de artillerÃa y que hicieron a los curiosos desertar del balcón y bajar en tropel la escala, para ponerse a cubierto de cualquier accidente imprevisto.
Nosotros, en vez de seguirlos, volveremos al campo del combate, donde algunos de nuestros personajes figuran entre los beligerantes.