MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Pasados asà algunos momentos, hizo un gran esfuerzo para serenarse, y después de arreglar el desaliño que un instante de completa desesperación habÃa dejado en su vestido, salió del cuarto llevando sobre el corazón la carta de Rivas.
La llegada de don Fidel habÃa, entretanto, dado un nuevo giro a las ideas de don Dámaso, y serenándolo casi enteramente. Don Fidel contó al llegar las noticias que en la calle acababa de recoger, noticias que suponÃan a la fuerza revolucionaria apoderada ya de todos los cuarteles y dirigiéndose a la Casa de Moneda, último baluarte del Gobierno.
—Tal vez a esta hora —dijo al terminar— todo esté concluido.
A instancias suyas, todos salieron de la pieza en que se hallaban y subieron a los altos para observar desde el balcón el movimiento de la calle.
—Hombre, ¿qué es lo que hay? —preguntó don Fidel a dos hombres que a la sazón pasaban corriendo.
—Que el pueblo ha ganado y el coronel Urriola se ha tomado la artillerÃa —dijo uno de ellos.
—¡Viva el pueblo! —gritó el otro.
—¡Viva! —repitió don Dámaso, que siempre estaba por el vencedor.
Luego, como para cohonestar aquel grito sedicioso:
—Alguna vez —dijo— se habÃa de hacer justicia estos pobres que viven siempre oprimidos.