MartÃn Rivas
MartÃn Rivas En vez de dirigirse Leonor a la pieza en que se encontraba la familia con don Fidel, entró en otra que estaba sola, y después de cerrar la puerta, abrió con avidez la carta que habÃa echado en un bolsillo.
Con su lectura perdió el tranquilo valor que la distinguÃa entre todos los de la casa; púsose aún más pálido su rostro y sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras que su agitado respirar acusaba los violentos latidos de su corazón.
—¡Qué hacer, Dios mÃo! —exclamó, resumiendo en esta exclamación todas las angustias que la agobiaban con la idea del peligro en que Rivas debÃa encontrarse en aquel instante.
Luego se levantó de repente, cual si un nuevo y más terrible golpe la hubiese herido en el corazón.
—¡Y si estuviese herido ya! ¡O muerto! —añadió, alzando al cielo los bellÃsimos ojos que las lágrimas de amor nublaban por primera vez.
Dirigió a Dios entonces una ferviente oración por la vida de MartÃn; ruego sublime, sin palabras coordinadas, pero que tenÃa la más ardiente elocuencia: la del alma enamorada. Y después, como convencida por vez primera de la impotencia del orgullo, de la estéril vanidad de la belleza, lloró como un niño, con absoluto olvido de todo lo que no tuviese relación con su amor.