MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Por qué no vas a ver quién golpea?
—¡Yo! Fácil es decirlo. ¿Y si son algunos rotos armados? Yo no, yo los defenderé a ustedes, pero no abramos la puerta.
—Original manera de defendernos —replicó la niña, saliendo de la pieza y dirigiéndose a la puerta de calle, donde los golpes redoblaban de una manera alarmadora.
Los que asà golpeaban eran don Fidel ElÃas, su mujer, Matilde y algunas niñas de la familia; entraron en la casa contando cada cual a un tiempo con los demás lo que habÃan visto en la calle. Mientras entraban a las piezas interiores, el criado que cuidaba la puerta se acercó a Leonor.
—Señorita —le dijo—, me han dado esta carta para su merced.
La niña tomó la carta y la abrió maquinalmente.
Al leer la firma de MartÃn, turbáronse sus ojos y dijo al criado con voz ahogada:
—Está bien, retÃrate a la puerta y avÃsame si golpean.
Mientras pronunciaba estas pocas palabras, su rostro habÃa recobrado su entera tranquilidad, y sólo la ligera palidez que lo cubrÃa daba indicio de que su alma se hallaba dominada por una fuerte emoción.