Martín Rivas

Martín Rivas

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Algunos tiros que se oyeron a la distancia le embargaron la voz e hiciéronle arrojarse casi exánime sobre un sofá.

Doña Engracia, llena de pavor también, se echó en brazos de su marido, sin pensar que al estrecharlo tenía entre ellos a Diamela, que lanzó espantosos alaridos en tan cruel e inesperada tortura.

—Papá, mamá, seamos hombres; ¡ah, cállate, Diamela! —Decía Agustín, aparentando una serenidad que sus piernas temblorosas desmentían.

La única persona que allí parecía impasible era Leonor, que los exhortaba sin afectación ni miedo a serenarse.

De este modo transcurrieron los minutos y llegó la claridad del día, que calmó un tanto la agitación en que todos los de la casa, menos Leonor, se encontraban.

Una criada entró a la pieza, y con la voz ahogada por la turbación:

—Señor —dijo—, están golpeando la puerta.

Hubiérase creído que anunciaban con esas palabras a don Dámaso que una lluvia de bombas estaba cayendo en los tejados de la casa, porque con ambas manos se tomó la cabeza y exclamó:

—¡Vendrán a saquear! ¡Vendrán a saquear!

Leonor, sin hacer caso de los gritos de su padre, dijo a Agustín:


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