MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Allá voy —contestó don Dámaso, abriendo la puerta a su hijo.
Mientras acababan de vestirse, don Dámaso y doña Engracia dirigÃan al elegante un fuego graneado de preguntas sobre la revolución, y como AgustÃn nada sabÃa, se contentaba con repetirlas a su vez.
—¿Y Leonor? —preguntó por fin don Dámaso, viendo que su hijo en nada satisfacÃa ni calmaba su ansiedad.
Dirigiéronse los tres al cuarto de Leonor, a quien hallaron vestida ya y sentada tranquilamente al lado de una mesa.
—Hija, hay revolución —le dijo don Dámaso.
—Asà dicen —contestó con serenidad la niña.
—¿Qué haremos? —preguntó el padre, pasmado del valor de Leonor.
—¿Qué quiere usted hacer? —dijo ésta—, esperar aquà me parece lo mejor.
Pero don Dámaso no podÃa estarse quieto y no comprendÃa cómo en ese instante podÃa nadie sentarse. Asà fue que salió de la pieza, llamó a los criados, ordenó que se trancasen las puertas y entró de nuevo al cuarto de Leonor, diciendo:
—Esto es lo que sale de andar perorando a los rotos. ¡Malditos liberales! Como ellos no tienen nada que perder, hacen revoluciones. ¡Ah!, si yo fuera Gobierno los fusilaba a todos ahora mismo.