Martín Rivas

Martín Rivas

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Con el auxilio de la luz vio don Dámaso en efecto que, sin saber cómo, se había echado sobre los hombros las enaguas de su consorte, y queriendo deshacerse de ellas con gran prisa, las arrojó desatentado a la cabeza de doña Engracia, que, por pescarlas al vuelo con una mano, mientras que con la otra sostenía sobre el seno los pliegues de la camisa, dio un manotón a la vela, que cayó apagándose en la alfombra.

A los gritos que con este incidente dieron los esposos aterrados, uniéronse los ladridos de Diamela, aumentando la turbación y el desorden en la pieza, en la que cada cual parecía querer apagar la voz del otro con la fuerza de la suya.

Por fin, encendióse nuevamente la vela, halló don Dámaso sus botas, se puso doña Engracia las enaguas y se calmó Diamela, acostándose en la cama que habían dejado sus amos.

—Es necesario vestirse ligero —decía don Dámaso dando el ejemplo de la actividad, pero no del acierto, porque cada prenda parecía haberse escondido en tan apurado trance.

Oyéronse entonces redoblados golpes a la puerta.

—¡Que habrán entrado aquí! —exclamó poniéndose lívido don Dámaso.

—Papá, papá —gritó desde afuera la voz de Agustín—, levante que hay revolución.


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