MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Don Dámaso dio un salto de su cama a la voz de revolución que daban los criados en las piezas inmediatas a su dormitorio; saltó imitado por doña Engracia con admirable agilidad al oÃr que su marido, con acento aterrado, decÃa mientras buscaba sus pantalones:
—¡Hija, revolución, revolución!
La falta de luz aumentaba el terror de aquellas palabras, que no sólo asustaron a doña Engracia, sino que aumentaron el miedo de don Dámaso, que no creyó darles tan fatÃdica acentuación al pronunciarlas. Al impulso de tan súbito terror, los esposos emprendieron en el cuarto carreras desatinadas en busca de prendas de vestuario que tenÃan a la mano sin notarlo.
—¿Y mis botas, qué se han hecho? —DecÃa don Dámaso desesperado, corriendo por todo el cuarto en busca de ellas.
—Mira, hijo, te llevas mis enaguas —le gritaba doña Engracia, que, habiendo prendido una luz, se hallaba al pie de la cama replegando su pudor en la poquÃsima ropa que la cubrÃa.