Martín Rivas
Martín Rivas Apenas Martín se halló en el patio se dirigió a la puerta de la calle. Pero ésta, sobre estar cerrada, se hallaba custodiada por dos policías con sable en mano. Llegado al zaguán, Rivas vio que era imposible retroceder ni ocultarse, pues los dos centinelas de la puerta se lanzaron sobre él blandiendo sus tizonas. El joven, sin desconcertarse, apoyó la espalda a una de las paredes del zaguán y, desenvainando su espada, principió a parar los desatinados golpes que los policiales le descargaban. Mientras así le atacaban entre los dos, daban al mismo tiempo voces para llamar a los otros. En aquel momento, y cuando Rivas descargaba sobre uno de ellos un golpe que le hacía recular despavorido, Leonor llegó al patio y divisó al joven, que arremetía al otro policial. En ese momento también, advertidos los de adentro por las voces de los que se veían vencidos por Martín, llegaron en tropel y cercaron al joven, que siguió defendiéndose con heroico valor, mientras que Leonor decía a su padre:
—Sálvale, papá, que van a matarle.
A las voces de los combatientes vinieron a unirse los gritos de las mujeres, que, con doña Engracia a la cabeza, interrumpieron el rosario y llegaron al patio al mismo tiempo que los soldados que habían acudido a las voces de los que atacaban a Martín.
Don Dámaso se acercó temblando al grupo que rodeaba a Rivas.